El despertar de Hayes
Una fría noche de invierno de 1981 me desperté con un dolor punzante en el brazo izquierdo y con el corazón saltándome en el pecho de tal modo que parecía que se me iba a salir por la boca. Me levanté de la cama y me senté en el suelo, con las piernas cruzadas, aferrado a la espesa alfombra marrón y dorada, mientras intentaba entender lo que me sucedía. Era como si tuviera una losa pesada en el pecho. Entonces, y con una satisfacción tan profunda como perversa, me di cuenta de que estaba teniendo un infarto de miocardio. No era otro ataque de pánico. Esto no era un truco de mi mente enferma. Era real. Era físico. «Estás sufriendo un infarto —pensé—. Tienes que llamar a una ambulancia.» Recuerdo haber pensado lo extraño que me resultaba estar sufriendo un infarto de miocardio: «Esto no debería pasarle a un hombre de treinta y tres años». Mi padre, Charles, había sufrido un infarto de miocardio a los cuarenta y tres años de edad, pero era un alcohólico con sobrepeso que fumaba como un ca...